
Cualquiera que haya encendido una radio en los años 80, desde las calles de Los Ángeles hasta los barrios de Miami, recuerda con nitidez el primer acorde de ¿Y cómo es él?. Es esa canción que parece haber sido escrita con el corazón roto frente a un espejo, un himno universal a la pérdida y al dolor de la despedida. Durante décadas, millones de fanáticos han jurado que José Luis Perales compuso este tema basándose en su propia tragedia sentimental. Pero, ¿y si les dijera que la verdadera historia detrás de esta obra maestra no nació de un amor perdido, sino de un frío encargo de oficina?
Imaginen la escena: José Luis Perales, un hombre que siempre prefirió la discreción a los reflectores, se encontraba en una encrucijada creativa. La industria musical de esa época funcionaba como una maquinaria implacable. En aquel entonces, los ejecutivos de las disqueras solían presionar a los compositores para crear canciones que capturaran la angustia de una generación que apenas comenzaba a familiarizarse con la velocidad de la vida moderna. Muchos creían que este éxito nació de una ruptura personal, pero la realidad era un secreto comercial guardado bajo llave. La disquera le pidió a Perales una canción para otro artista, un tema que fuera capaz de desgarrar el alma del público, y él simplemente cumplió con el pedido.
Sin embargo, al escuchar la interpretación de Perales, algo ocurrió. La letra era tan dolorosa y auténtica que el artista decidió que no podía entregársela a nadie más. Fue una de esas decisiones de estudio que cambian la historia de la música latina para siempre. A pesar de que fue concebida como un encargo comercial, la sensibilidad de José Luis Perales transformó una letra fría en un espejo donde todos podíamos ver nuestros propios fantasmas. ¿Quién no ha imaginado, al menos una vez, el rostro de aquel otro que llega a ocupar el lugar que nosotros dejamos vacío?
Esta canción se convirtió rápidamente en un pilar de la nostalgia en Estados Unidos. Mientras los jóvenes escuchaban rock psicodélico o se dejaban llevar por el brillo de la música disco en lugares icónicos, esta balada se filtraba en las casas de las familias hispanas, convirtiéndose en el soundtrack de nuestras historias de migración y distancia. La voz de José Luis Perales no solo cantaba una ruptura amorosa; cantaba sobre la ausencia y la incertidumbre que muchos vivían lejos de su tierra natal.
Hoy, al escucharla de nuevo, la magia no se pierde al conocer la verdad. Al contrario, cobra más valor. Nos recuerda que el arte, incluso cuando surge de la presión corporativa, puede alcanzar una dimensión espiritual inalcanzable. José Luis Perales logró convertir una tarea de oficina en una oración compartida por generaciones. ¿Acaso no es ese el mayor logro de un poeta? La próxima vez que escuchen esos acordes, piensen que no solo están escuchando una canción, sino un secreto que nos acompañó durante toda una vida.












